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viernes, 7 de octubre de 2011

Cosas que ocurren en el bus...

Ayer, volviendo de currar en el autobús, una señora subió en silla de ruedas, se enganchó en los sitios reservados y hasta ahí bien.

En un momento dado en el que el conductor giró un poco brusco, se soltó el freno de la silla y la señora se fue rodando al otro extremo del autobús.

Yo me asusté del golpe y me levanté dispuesto a ayudarla...pero ella me paró con un gesto y dijo, estoicamente "YO PUEDO".

Estuvimos como 10 minutos escuchando como rodaba de un lado a otro descojonada de risa y gritando "uuuuUUUhhUUUuuuuu" cada vez que pasaba.


jueves, 14 de julio de 2011

Salir del tren, (El Metro, 4ª Parte)

¿Habeis probado en montaros en el metro de Madrid y no agarraros a nada?

Retar al equilibrio no suele ser en estos casos muy complicado, que es un tren de metro, no el Dragon Khan...

O eso, o el vagón va tan petado de gente que no puedes ni respirar, menos aún caerte, por lo que no tienes ni que agarrarte ni mantener el equilibrio.

Lo más común es que a las 7:30 de la mañana esté en un término medio en el que te tengas que agarrar pero no puedas moverte con mucha libertad sin molestar y apretujar los cuerpos con extraños ojerosos camino al curro.

Pero entonces te cruzas con un tipo de señora que sólo te puedes encontrar en el metro..."La Señora que no se Fia de que la dejes salir en SU Parada"...

"¿Vas a salir?", te pregunta con la mirada fija en la puerta, porque tú no eres una persona, eres Su Obstáculo.

"No", contestas nervioso mientras ves que estás más seguro entre un león hambriento y un ñu cojo que donde estás en ese momento: entre La Señora y La Puerta...SU Puerta.

Antes de que puedas reaccionar, antes de que el metro pare, antes de que se abran las puertas, la Señora te empuja de un modo que sólo las Señoras saben.

Hay un punto en todo ser humano, cerca de las costillas flotantes, donde si aprietas sutilmente, te retuerces entre las cosquillas y el repelús mientras te empujan a rozarte con un desconocido todavía húmedo de la ducha matutina que juega con su nintendito portátil.

Como estás cansado de que la gente te gane la partida, dices amablemente, "Señora, no se preocupe que ahora le dejo salir...", pero ella hace oídos sordos a tu comentario, como un tiburón cuano ataca a su presa, tiene cerrado los oídos para concentrarse en su objetivo: Superar la falta de respeto de la juventud de hoy en día por existir y ocupar espacios vitales en lugares públicos, y llegar a la puerta para salir del metro como si estubiera huyendo del mismísimo Belcebú sin darte si quiera la oportunidad de ser amable y salir tú para que salga ella, o esperar a que el metro se pare para poder moverte, (tu y todos), para dejar salir tanto a la Señora como a todos los que quieran bajar...

En fin, son cosas que pasan, que hacen que llegues al curro con las cejas bajas y cara de mala leche... y el tenso ambiente prevacacional de la oficina no mejora mucho tu humor... menos mal que es Jueves...

viernes, 25 de marzo de 2011

Esas señoras que creen que tienen derecho a todo (El Metro, 1ª parte)

Hay seres que te puedes encontrar en cualquier parte, pero hay un lugar que los reune a todos y además, desvela sus mejores cualidades.

Lo que no encuentres en el metro de Madrid, no lo encuentras en ninguna parte. En serio.

He tenido algún que otro encontronazo con distintos tipos de personas, pero como las del metro, ninguna.

Recuerdo con especial cariño a una señora que coincidió conmigo en la puerta, ella en el andén y yo dentro del vagón. Era mi parada y traté de salir de entre el grupo de gente agolpada en la salida, no sea que se muevan las puertas del tren y no puedan bajarse dentro de 4 ó 5 estaciones...

Agobios a parte, yo repté como una rata entre tanto hombro y cuando por fin llego a mi meta y me dispongo a salir, la Señora, me planta la mano en el pecho y me empuja hacia dentro diciendo que soy un mal educado que no la dejo entrar en el tren...

Ojiplático traté de zafarme de ella pero no lo conseguí, y entre gritos de ella y mis pequeños y tímidos "Pero señora, pero señora", se cerraron las puertas y ¡me quedé dentro!

Empecé a decirle a la Señora, bastante alterado la verdad, que mi abuela me había enseñado que se deja salir antes que entrar, pero eso sólo sirvió para que me chillara más y repitiera una y otra vez, "¡Los jóvenes ya no tenéis respeto!...¡A mi me va a decir un niñato lo que tengo que hacer!...¡¡A MI!!"

Al final le dí la espalda abochornado por las múltiples miradas que todo el vagón nos dedicaba y me baje en Callao en lugar de en Sol, pero la señora no dejó de hablar sobre que si qué poca vergüenza tenía, que si ella fuese mi abuela me hubiera enseñado más modales y cosas así...

Lo peor no es que pensé muchas maldades hacía aquella bruja poseída...lo peor es que no sé que tipo de educación habré recibido yo, que en lugar de contestarle y enfrentarme más a ella, me acabé sintiendo culpable y algo avergonzado por lo de decirle lo a mi me habían enseñado de pequeño...

Estamos todos locos.